Saturday, March 19, 2011

Sombras en el agua

22 de Noviembre 11:45 horas

Un faro parpadea en la lejanía, de igual manera que un corazón palpitante da vida al cuerpo, provee de existencia a una callejuela de aspecto sepulcral y olvidado. Aceras de cuarteado concreto, solitarias, un aire malévolo era tangible, previniendo a los locos y condenados acerca de la presencia del dolor en este vacio, donde el tiempo no existe y la realidad es un mito imposible de creer. Desértico, carecía d toda señal de vida, excepto tal vez, el crujir y el suave movimiento de las pocas hojas secas danzando impasibles en el terrible viento, victimas de un otoño tardío y un invierno inmisericorde.

El faro se apaga, obscuridad. El faro se enciende, una lluvia ligera coquetea con el concreto grisáceo de igual manera que un secreto acaricia el oído que lo conoce. El faro se apaga, obscuridad. El faro se enciende, una silueta apenas discernible se muestra avanzando con pasos lentos, no temerosos, más bien tranquilos, indiferentes a la tormenta que se cierne sobre ellos.
Al alcanzar el ángulo adecuado, la luz palpitante revela un rostro femenino, barnizado con oro blanco por los ángeles, solo era ultrajado tan perfecto rostro por delgadas líneas, huellas de las lágrimas que no dejan de fluir. Una gabardina de rojo terciopelo cubría su cuerpo y la protegía de la lluvia mientras con paso tambaleante cruzaba el umbral de luz sin el más mínimo cambio de expresión en el rostro.

Siguió ella caminando entre sombras impenetrables hasta no poder mas y caer rendida sobre un oxidado asiento que da de frente a la costa. El mar se agita, cambiando paz por violencia, turbando su propia existencia.

El metal frio es imperceptible para ella, su cuerpo esta tan frio y húmedo que se niega a percibir cualquier cambio en la temperatura y en el mismo ambiente.

Mirando su regazo sin siquiera verlo, las lagrimas emprendieron carrera desde sus ojos, hasta perderse en sus labios y confundiéndose con el diluvio que se niega a amainar, solo resultan distinguibles por el inconfundible sabor salado que poseen.

-Nunca mas, no se repetirá, no pasara de nuevo, es el fin. –Diciendo esto entre lamentos y lágrimas, comenzó a reír de forma maniática. Lagrimas y risas retorcidas llenaban su mente hasta el punto en el que, lentamente, saco de entre los pliegues internos de la gabardina, una pistola negra y lisa y tras una ultima risa apunto directamente hacia su cabeza cubierta con un manto del cabello dorado, del lado izquierdo, con el índice tembloroso pero decidido en el gatillo.

-No deberías jugar con eso…

De su suave mano es arrebatada rápidamente el arma. El hombre que hizo esto, procedió a recostarse en el asiento, depositando la cabeza sobre las rodillas de esta mujer quien, confundida como estaba, se limito a mirar los ojos del hombre que ahora empuñaba su arma.

-¿Acaso deseas morir? –Dijo él, con un intenso sarcasmo impregnado en cada palabra, mientras jugueteaba con el arma, le daba vueltas y la lanzaba al aire para atraparla sin levantar la cabeza de las cómodas piernas de esta mujer. Al momento de atraparla, la puso en la frente de la triste mujer aun confundida.

-¡Bang! No es tan fácil ¿Sabes? No huyas así, ataca la fuente de tus problemas, no sucumbas ante ellos. –Dicho esto lanzó el arma al mar, donde ambos la observaron hundirse.

Sus miradas se cruzaban una y otra vez, él mantiene una sonrisa tan diabólica como dulce. Durante unos minutos que se extendieron durante eones, el único ruido era la respiración de él, el palpitar desesperanzado de ella y la lluvia que con cada minuto amainaba.
Esta corta eternidad fue interrumpida por un ligero sollozo. Ella vuelve a llorar, derramando lagrimas de confortante tibieza sobre el rostro ahora serio, analizando la situación derramada sobre el.

Se levantó suavemente, sintiendo en el rostro la suave caricia del velo de oro que era su cabello, se posó sobre el asiento, para sentarse en el respaldo y murmurar en su oído:

-Soy el hombre que no te dejará morir. ¿Tu nombre es…?

Tal declaración estremeció a esta perturbada mujer por mucho, mas que la lluvia que ya mostraba señas de desvanecerse y se decidió a hablar con una voz suave y sorprendentemente decidida:

-Mi nombre no es importante…

-Nunca lo es… ¿Quién eres? –Ella no entiende porque este hombre misterioso se interesa en ella, no entiende porque la salvó de si misma ni porque dice que no la dejara morir, “¿Acaso se quedara conmigo?” se pregunta anhelante y a la vez preocupada pues la respuesta puede ser negativa, no soportaría la traición, no soportaría el dolor, no soportaría la soledad, no de nuevo.

-Charlotte. Llámame Charlotte.

-Magnifico nombre, digno de ser salvado de si mismo. ¿Sabes? No deberías buscar morir. Mira a tu alrededor, todo es gris, todo es vano y vulgar, todo esta muerto. Si muerte es lo que deseas solo mira en donde estas, solo hay cadáveres rondando, esqueletos vendiendo fruta y contando dinero que jamás tendrán. Si lo que realmente deseas es escapar de todo esto, vive. La vida es la única salida para ti.

Este hombre hablaba con tal elocuencia que Charlotte no tuvo más opción que sucumbir ante sus palabras. Sus palabras mostraban a un hombre triste pero poderoso, un hombre que había visto el mundo y su maldad, un hombre que había mirado al diablo a los ojos y regresado con esa maldad en las venas y en cada pensamiento tan inteligente como lúgubre.

-Hablas como si conocieras el dolor, pero ¿Cómo alguien que hable así podría conocer el dolor? Tus palabras tiene sentido para mi pero tu no pareces ser real. –Charlotte se mostraba ahora embelesada con el hombre que ahora jugaba despreocupadamente tomando el cabello de Charlotte con dos dedos y acariciándolo, para luego soltarlo y tomar otro mechón para hacer lo mismo. No podía quitar la vista de él, era tan enigmático, tan obscuro, pero a la vez aparentaba una inocencia inequiparable.

En algún momento, tras un largo silencio él soltó el cabello de Charlotte mientras decía en un tono más serio y bajo que antes:

-¡Vaya! Ya dejo de llover, deberías dormir. Yo me iré, pero no estaré lejos. –Dicho esto, dio la espalda al mar y a Charlotte e inicio lo que parecía ser una larga caminata hacia el horizonte.
Charlotte lo observó caminar por un par de segundos y como un relámpago, fue asaltada por una duda:

-¡No oí tu nombre!
Sin darse la vuelta o detenerse, este hombre respondió con voz imponente:

-No lo dije…

Y con esas tres palabras, cada una tan atractiva como brusca, Charlotte observó el camino en el que esta persona desaparecía, hasta el momento en el que se volvió solo un recuerdo, solo una vaga memoria que salvó su vida y le mostró una mota de luz en el horizonte…

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