Saturday, March 19, 2011

Reencuentro

Como un grito desgarrando la noche de lamentos, una luz perfora las sombras…

Una vieja estación de trenes, tan vieja como los mismos trenes, llena de letreros antaño radiantes de luz y de vida, ahora ilegibles a causa del implacable transcurso de los años, asientos de madera sucia y carcomida por eternas generaciones de roedores y tal vez algo mas desagradable aun, las losetas del suelo, antiguamente de un alegre color beige, ahora yacen desoladas, rotas y polvorientas, destruidas por el paso inmoral de varias décadas de hombres sin compasión en el corazón, un faro parcialmente destruido, devastado por los ominosos años de soledad ahora transcurridos, de repente, como un ultimo aliento de vida, dio alerta a un solitario hombre de raída gabardina, un hombre de esencia tan desvencijada y maltrecha como la propia estación, dio alerta de la llegada de un tren, un tren muy importante, el ultimo tren.

Al detenerse y abrir las puertas en algún momento de color naranja, esta dramatis personae entró como un suspiro al tren, casi ingrávido, sin el mas mínimo revuelo de su gabardina obscura, como si no existiera. En el ultimo asiento destartalado y corroído, en el ultimo sucio y chirriante vagón, se encontraba lo que este hombre buscaba, una pequeña hoja de papel blanco, con el escudo de armas de cierta familia y sellado con el botón semiflorecido de una minúscula rosa negra, un mensaje que ejercería tan terrible influencia en esta persona, que todo su mundo cambiaría una vez mas.

2 años después

31 de Diciembre 23:58 horas.

Una habitación obscura, en total penumbra, clamando el suspiro del sepulcro, el polvo durante años acumulado, ahora se arremolinaba y huía del futuro inmediato, un candelabro colgaba del techo, balanceándose y chirriando en un vano deseo d escapar de sus ataduras, un austero fuego aun crepitaba a un lado de la habitación, todavía con restos de lo que parecía ser un conejo o tal vez un brazo humano, un hombre despierto y consciente. Inmóvil. Daba la imagen de ser una figura de cera mientras esperaba paciente, mirando fijamente el marco de una puerta entrecerrada, un marco de luz pura y blanca se burlaba de sus ojos muertos. Pasos se acercaban lentamente, tacones altos. Ahora, justo ahora recuerdo su tacto, su aroma y su último mensaje cargado de la ponzoña de sus labios.

“Al empezar el nuevo ciclo me veréis de nuevo, ruego porque estés listo. Te he extrañado, añoro tu rostro iracundo, añoro tu deseo de matarme. Al inicio del nuevo ciclo, en el punto donde te maté la primera vez.

O. R.”

Eso decía su nota. Ya es casi la hora de su llegada, estoy curiosamente ansioso, tal vez emocionado. Ofelia… Ese nombre me trae recuerdos, recuerdos que tal vez no debería disfrutar. Aquello ocurrió hace exactamente dos años, hace dos largos, hace dos cortos años que sucedió tal cosa, aun no lo logro olvidar aunque ya no guarda relación conmigo. Vaya con su sentido del humor…

23:59 con 56… 57… 58… 59…

-Bienvenida seas. Casi llegas tarde.

Nada ha cambiado en esa persona. Una silueta perfecta. Piernas de mármol, perfectamente torneadas, frías como su corazón. La cadera de equilibradas proporciones, estilizadas por la mismísima Afrodita a su imagen y semejanza. Un par de manos de diamante puro, sublimes, insensibles al tacto de los mortales, retozando en el mango de dos armas de alto calibre, armas que yo mismo le di. Un botón de Alcatraz su cuello es. Puro y terso, suave y dulce. Labios negros, como pétalos de jazmín corrompidos por el odio. Ojos del azul de la muerte, ojos vacios, una puerta a su alma, un alma del más frio de los hielos. Clara y lisa, deseable pero inobtenible, capaz de ser vista por los ojos de la mente mas sin embargo inaccesible a los ojos del amor. Coronada esta magnifica creación se encontraba por una larga mata de cabello de ébano negro, negro e impenetrable como ella misma.

Eso era ella, una belleza inalcanzable. Un deseo que no se realizará, una llama en una fútil lucha por no extinguirse, el eterno deseo mortal de no perecer. Ofelia Richmond… Eso era ella.

-Siempre has tenido esa costumbre… ¿Cuánto tiempo llevas aquí; días cierto? –Que dulce es su voz, fría e imponente, seductora y maligna, atractiva como una herida sanguinolenta. Mi cuerpo se excita ante tan magnifica voz.

-Solo un par, tres tal vez ¿es realmente importante acaso? –dije cubriendo la excitación en mi voz, estaba emocionado, deseoso.

- Así que… ¿Cómo te ha ido? –Pregunté con una sonrisa que no se reflejaba en mis ojos. –Ya no te resultan pesadas esas armas… Me alegra. Te quedan bien. Luces despampanante.

Con un movimiento rápido y tan elegante que hacia creer que el tiempo se detenía, desenfundo las pistolas de pesado aspecto que alguna vez le obsequié.
En la mano derecha agarraba con dulzura y firmeza a Cassandra, una Beretta 92FS escarlata, teñida según se ha dicho en lo que queda del bajo mundo, con la sangre de mil inocentes que al rendirse a su belleza, fueron fríamente ejecutados por ella. En la izquierda tenia a mi favorita: Alice. Una Desert Eagle color blanco perlado por completo, excepto por el mango forrado con la piel de la primera persona que maté. Siempre le gustó el mango de Alice, solía pasar horas con una mano retozando en el mango, acariciándolo con un solo dedo, mientras con la otra me tomaba del cabello al besarme.

-Cassandra. Alice. Cuanto tiempo… se ven excelentes, me alegra ver que las tres siguen tan hermosas como siempre. –Dije aun excitado por la imagen frente a mí.

-Oh, perdona si te interrumpo pero comprenderás que me siento un poco celosa si les prestas más atención que a mí, me gusta ser el centro de atención, tú sabes.

Ella reía.

En mi vida no he oído ni volveré a oír una risa ni mas bella ni mas maligna como la suya. Es una risa dulce y fría como el veneno, la caricia del escorpión, el beso de la mamba negra, eso era su risa, el seductor veneno que tantas victimas ha cobrado.

No caigas ante su risa, no cedas a su encanto celestial –Me decía y me repetía en la cabeza- Si cedes estarás peor que muerto.

-¿Qué sucede? ¿No me harás caso? Que malo. Supongo que escucharas mejor a Cassandra ¿No? Entonces saludala.

Sin perder la gracia o su maravillosa postura, Cassandra me saludó. Un beso ardiente, apasionado y doloroso. Cassandra me saludó. No grito, no hay dolor real, solo siento los labios de fuego de mi querida Cassandra y el olor de mi piel, chamuscada en un agujero pequeño, sin embargo, grande para un arma de ese calibre, en mi antebrazo derecho.

-Ah! Cassie. Tan apasionada como siempre… -Dije al tiempo que levantaba la mirada lentamente, mientras un liquido rojo y espeso rodaba por mi brazo.
-¿Qué hay de ti Ofelia; no me darás in besito?

-Siempre tan directo, ¿Ya no recuerdas como cortejar a una dama? –Me dijo ella, siguiendo mi juego. –Bueno, siendo así, Cassandra te recordara como hacerlo…

Habiendo dicho esto, Cassandra disparaba besos de plomo y fuego a gran velocidad, evitarlos era una proeza de la que a medias era capaz. 3 besos, 3 balas, 3 agujeros en mi cuerpo, ya había terminado el tiempo de jugar.

-Al fin tus ojos cambiaron… -Dijo esto con una peculiar mezcla de emoción miedo y lujuria. Afrodita seduciendo a Hades, Pandora abriendo la caja, eso era Ofelia.

Metí la mano en mi gabardina mientras aun evadía sus besos de muerte, buscando, palpando en busca de mi único y mi más fiel amigo: Berial. Una Wather GSP teñida del negro del abismo, el tetragrammaton marcado con mi propia sangre en el mango y grabados, se encontraban los nombres de aquellos que han perecido bajo su yugo.

Una y otra vez Berial rugía amenazante. Rugidos de ira que desesperados buscaban a Ofelia.
No era una pelea, era un reencuentro, volvía a ver a un fantasma de mis memorias y clamaba por mi sangre, pero no iba a dársela, no iba a rendirme ante mi pasado.

Un impacto, un movimiento repentino, una onda en la superficie del mar. Como el mejor artista al fallar, un dios errando, un golpe del cincel, una grieta profanando con su existencia el más bello mármol. Cae lentamente, un velo de seda, danzando en una brisa otoñal ella es.

El juego ha terminado, ya nos hemos reencontrado, dos almas vagabundas, perdidas en el abismo de los mortales, al fin reunidas, un evento fortuito nos separó y una causa del azar nos trajo a un final. Dulce agonía nebulosa, atrayéndome al calabozo de tu mirada, ahora soy libre.

La recojo, moribunda, entre mis brazos. Ya no hay pelea, ya no hay vacio, sus manos, suaves en mi rostro parecen anhelar mi compañía, un par de minutos mas, solo unos minutos, escucho su corazón luchando por continuar, peleando una batalla que sabe que no ganara, febril es su respiración y mas suave se vuelve con cada segundo que pasa.
Sus ojos entrecerrados me observan, el azul de la muerte en una celda de pestañas, me ruega una salida.

-Lo siento. –Murmura ella suavemente, casi anhelando no ser escuchada.

Un suave chasquido metálico, un suspiro de Alice, ella exhala antes de gritar. Lo conozco bien. Siento el atenazante frio del cañón, besándome con labios de hielo en la sien.

Un disparo….

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