Saturday, March 19, 2011

El filisteo, la superficialidad y el claro

31 de diciembre 10:51 horas

Charlotte camina esperanzada. Charlotte busca a un hombre…
Un mensaje la hace caminar en un sueño, sin creer que pueda ser verdad, creyéndolo un error, demasiado bueno para ser cierto creía ella, un mensaje que llegó una semana antes, diciendo únicamente:

“31 de diciembre, 11:50 pm, mansión Devon. Fiesta de etiqueta. Búscame.”

Sin remitente, más ella no guarda duda en su intranquilo corazón. Ella sabe quien lo mandó, lo sabe y por esa razón es que, bajo el frio de la noche y las caricias del viento, camina cubierta por un abrigo largo, el cual cubre su cuerpo casi por completo, dejando al descubierto su rostro y mostrando un par de tacones negros, nuevos al parecer, un bello par de lujosos tacones.

La mansión Devon se muestra erguida majestuosa y digna, rodeada por naturaleza, campos de tulipán y camelia en el frente y en la parte trasera un bosque de apariencia sobrecogedora.

Entre grandes macizos de tulipán se encuentra Charlotte, caminando intimidada por la magnifica mansión. Pensamientos agitados recorren su mente llenándola de dudas, corrompiendo su esperanza y entusiasmo: “No se con quien vengo, ¿Me dejarán entrar? ¿Qué haré si me preguntan quien soy? No me conocen, no soy nadie importante” En estos y otros temores divagaba sin darse cuenta hasta percatarse repentinamente, como una bofetada y tan acogedoramente como un abrazo, de que ya se encuentra dentro de la mansión.

Un anciano de esmoquin negro y blanca cabellera, se acerca a Charlotte con pasos secos, ella nerviosa se paraliza mientras aquel anciano la alcanza y dice:

-Bienvenida señorita, ¿Me permite su abrigo? –Sus modales son impecables, piensa mientras le entrega el abrigo- La están esperando ya.

Intrigada como se encontraba, abrió la boca para indagar la identidad de quien la espera, para darse cuenta de que aquel hombre ha desaparecido. Hecha a andar, atrayendo un par de miradas masculinas a su paso, extrañándole un poco hasta que recordó el aspecto que debería dar.

Ella porta un vestido negro, largo y con detalles de encaje, un escote discreto que ostentaba con orgullo una cadena de plata delgada y modesta, la espalda cubierta solamente por un velo de lacio y rubio cabello. Charlotte pese a saber que es físicamente agraciada, se siente disminuida, ella sabe que no encaja ahí donde la opulencia e indiscreción son el pan de cada día.

En su andar se cruza con un camarero, el cual al verla, le ofrece una copa de vino tinto, dudosa esta dama, lo acepta con una mano ligeramente temblorosa y tras agradecerle, continua su camino hacia un balcón de apariencia solitaria donde tal vez, lejos del barullo de la multitud, pueda cavilar sobre lo que hace en aquella fiesta, en aquel mundo del cual no forma parte.

Al fin, alcanza el balcón y dándole la espalda a la fiesta, se sumerge en sus pensamientos, lentos y mecánicos mientras, bebiendo aquel exquisito vino de cuyo nombre era ignorante, observa a la luna, solitaria, sobre un bosque sin nombre, de gran atractivo artístico mas sin embargo carente de sonidos y tal vez de vida.

-Sagrantino di Montefalco. Mi favorito...

Tan profundamente se encontraba Charlotte en sus pensamientos que al principio no reaccionó ante esas palabras, tras un par de segundos, se sobresaltó al ver que no se encontraba sola.
Un hombre se encontraba ahora con ella, vestido con un saco negro, simple pero elegante, una camisa del mismo color rojo obscuro del vino, una corbata negra lisa y un botón de rosa blanca en el bolsillo del saco. La miraba detenidamente, con el rostro cubierto por una sombra mientras daba un corto trago a su copa.

Tratando de no lucir sorprendida o nerviosa, Charlotte, pronuncia lentamente:

-Perdona, ¿qué dijiste…?

- Sagrantino di Montefalco. El vino. Lo que estas bebiendo. –No entiende porque lo explica tanto, se pregunta si realmente luce tan desconcertada como se siente.

-Oh! Ya veo, no conocía su nombre. Y tampoco conozco el tuyo.

Trata, al parecer en vano de lucir indiferente y decidida, aunque el nerviosismo la corroe por dentro.

-Es de mala educación pregunta el nombre de una persona sin presentarse primero…
Su rostro permanece bajo el resguardo de las sombras, sin embargo a través de la obscuridad sus ojos destellan y una ligera sonrisa es marcada en su boca.

-¡Vaya! Lo siento –Ella piensa que es muy directo-, mi nombre es…

-Charlotte.

-Entonces si eres tu… -Dijo Charlotte anhelante-, el hombre que me salvó de mi misma, era tu mensaje ¿Cierto?

El silencio se hizo tangible entre estas dos personas rápidamente, como si la fiesta se hubiera congelado esperando la respuesta de este caballero, quien antes de contestar decidió terminar su copa de vino y ordenar otro, habiendo hecho esto, se volvió hacia Charlotte, quien esperaba ver el rostro sobre el que había derramado lágrimas, sin embargo la luz reveló un rostro diferente, diferente.

-No, no soy yo, aquel mensaje ciertamente era suyo, el deseaba verte, pero tuvo que salir apresuradamente. Me pidió que te diera sus más sinceros saludos.

-¡Oh! Vaya, al menos no me equivoqué, por cierto ¿Cómo es que sabes de mi y de él? - Charlotte en su pesar aun no entiende quien puede ser esta persona o lo que esta sucediendo.

-Bueno, digamos que mientras el esta ausente, yo me encargo de sus asuntos…

-¿Y tu nombre es…? –Verdadera decisión estaba impregnada en su voz y en su mirada.

-¡Oh! Lo siento. ¿Dónde están mis modales? Me mataría si escuchara mi descortesía. –Dicho esto, hizo una reverencia que situó su rostro a la altura del de Charlotte, pues era mucho mas alto- Puedes llamarme Goliath.

-¿Es ese tu nombre? –Desconfianza se muestra en su rostro, mientras aquel hombre vuelve a sonreír.

-No, pero así me puedes llamar. ¡Salud! –El camarero al parecer había vuelto con su copa fracciones de segundo antes, pues ya la levantaba en señal de celebración- ¡Por la dama frente a mí!

Ya había sido suficiente, era una broma, debía serlo, que tonta por haber creído esta estúpida charada. Eso y más pensaba Charlotte mientras como un bólido salía de la mansión, a toda la velocidad que la decencia y los tacones le permitían, mientras la macabra risa de aquel autoproclamado “Goliath” repicaba en su cerebro. Al salir de la mansión, se quitó los tacones, y hechó a correr descalza hacia su casa, resoplando y despotricando en contra de aquel que la citó.

¿Quién te crees…? ¿A caso se burla de mi? ¿Esta jugando conmigo? ¿Por qué me importa?”

En cavilaciones incongruentes como esta Charlotte se encontraba sumergida mientras se desplomaba ya sin fuerzas sobre su cama, tras haber lanzado aquel bello vestido sobre la comoda de su habitación.
Ella yacia en penumbra digna de las fauces de un licántropo furico, moviéndose a toda velocidad, en un inmisericorde huracán de pena ira y una terriblemente paradójica sensación de esperanza por verlo de nuevo- Solo una vez mas-, pero sin saber como actuaria si eso ocurriera.
En estos y mas pensamientos se encontraba, cada vez mas pesadamente hasta que la fuerza del sopor la llevó a los dominios de Morfeo.

Sueños de pena, sueños de traición y mitica redención llenaban su mente hasta que con la fuerza de Atlas, una imagen estatica inundó su visión onírica; era él, una vez mas era él.

A la mañana siguiente, el alba ya rayaba cuando lentamente Charlotte despertó, solo para darse cuenta dentro de su letargo matutino, que frente a ella había un ramo de rosas blancas con un pequeño rectángulo de papel.

Mas tiempo tardó esta joven mujer en darse cuenta de la existencia de este inesperado regalo que el que tardó en volar desde el abrigo de su cama hasta el pequeño tocador en el que se encontraban.

Una vez mas una nota producía mas preguntas de las que respondia en la mente de Charlotte, un mensaje tan insignificante como para hacer tambalear su certeza:

“Las preguntas son respondidas cuando la luz perece”

-…cuando la luz perece. –Dice Charlotte lentamente, aun sin creer la inmensa arrogancia y el aun mayor misterio que envuelve la esencia de este ser (pues no hay duda de la identidad del remitente) hasta ahora siendo ignorante de su naturaleza.

Dejando caer la nota distraídamente, introspectiva, ella toma una rosa, blanca como la nieve, deslizando la yema de los dedos suavemente por los petalos hasta que recordó fugazmente como el hizo lo mismo con el cabello de Charlotte, en ese momento, pensativa, solto la rosa, la cual cayó suavemente sobre las demás dando la apariencia de nunca haber sido levantada.

Tratando de disolver el rio de preguntas en su cabeza, Charlotte se dispuso a tomar una rápida ducha para salir en dirección al colegio donde, con suerte encontraría sosiego en las vanales conversaciones que aquel circulo ofrece.

-El mundo se mueve tan rápido… -Piensa ella mientras observaba los erráticos y sempiternos movimientos de un mundo dominado por el puño de hierro del elitismo y las finanzas. -¿O acaso soy yo quien se mueve despacio…? Vaya, como anhelo algo de aquel vino, ¿Cómo se llamaba? Mmm no lo recuerdo.

- Sagrantino di Montefalco…

Un abrupto sobresalto atrapa la turbia mente de Charlotte al percibir esas palabras en el aire pero sin tener un emisario. Tratando de ver a todos lados a la vez, buscando algo que le traiga paz o iluminación sobre esas palabras tan seductoramente ciertas como ominosas ella choca con una masa que, descuidadamente la aparta a un lado diciendo “Cuidado niña”, palabras que realmente no llegan a sus oídos pues su mente se encuentra embotada por las palabras que escucho y el torrente de imágenes del hombre jugando con su cabello alejándose hacia el horizonte y de Goliath con su risa macabra.

-Extrañamente hoy pareces menos hábil que de costumbre Lotty.

Tan perdida como estaba en su propio mundo de fantasmas y risas malignas se encontraba aun, que no se dio cuenta de que, trastabillando había llegado al instituto “Bowerstone”.

Si uno quisiera encontrar el sitio donde se reúne la prole de los pomposos y los acaudalados, donde la moralidad esta a la altura de unas piezas de oro, donde no existe la cordura y donde aquellos seres relativamente honorables son repudiados y suprimidos al punto de la autodestrucción y la hipocrecia máxima, ese lugar sin duda seria el Honorable instituto de arte y economía Bowerstone.

-Angelo, Buenos días.

-Bon giorno pequeña Lotty. Las clases comenzaron hace una hora ¿Sabes?

Angelo Rebuzzi, hijo del prominente escultor Donatello Rebuzzi. Un joven con el marcado acento de un italiano que ha pasado demasiado tiempo fuera de los limites de su tierra. Es un gentil y bromista caballero quien pese a la gran fama de su padre, no tiene aprecio por el y no ostenta la digna arrogancia que le propiciaría un lugar entre los chicos mas pomposos y entre las damas mas codiciadas de aquel grotesco escenario.

-Te lo he dicho antes, mi nombre es Charlotte y si, lo se, ¿Cuál es la siguiente clase? –Charlotte pregunta esto con desgana pero tratando de desviar el tema de su poco agraciada entrada.

-Literatura renacentista. Ya se cual es tu nombre querida Lotty, sin embargo, Lotty parece mas congruente para llamar a una joven dama como tu. –Dice esto riendo ante la expresión de forzada aceptación enmarcada en el rostro de la contrariada joven.

Ya en el aula de clases, Charlotte, distraída en su propio mundo de sombras y hombres que desaparecen sin haber estado ahí, dibujaba magistralmente una rosa, una pequeña rosa blanca que lentamente dejaba caer una gota tras otra de una substancia a la que pretendía teñir de un profundo tono escarlata cuando escucho algo parecido al desgarrador grito de una mujer. Alarmada, brinco de su asiento solo para descubrir que era la estridente campana que anunciaba el fin de la jornada de clases.

-Llevas meses sin terminar esa maldita rosa, ¿Cuánto mas tardaras? –Dijo una voz femenina en el oído de Charlotte.

-Tardare lo que sea necesario, Rose.

Rose Feldman. Una menuda chica inglesa pero de exuberantes proporciones y largos rizos de un tono casi cobre. Una talentosa escritora, aficionada a la literatura gotica y ominosa, líder de cierto grupo de literatos de cierto nivel, conocidos como “Los hijos de Salem” quienes suelen reunirse cerca de la casa de Charlotte para compartir sus escritos, debatir sobre temas sociales y otras cosas de las que Charlotte ignora.

-Aun hay un espacio entre nosotros para cuando desees alcanzar nuevas alturas ¿Sabes? –Dijo Rose, incitante, pues incluso en su soberbia, ella puede reconocer la gran capacidad y estilo que Charlotte posee para las artes escritas.

-Debo irme Rose, gracias.

Hecho a andar apresuradamente hacia su residencia pues ya rayaba el entrelubricán y algo dentro de ella le decía que no debía estar fuera del abrigo de su hogar cuando ese bello momento terminara. Los estrepitosos pasos dieron lugar a una insegura carrera rozando puestos de fruta y gente que importunada por ella proferían gruñidos de molestia.

Resoplidos y el murmullo de la ropa anunciaban el afortunado arribo a casa, donde, tras abandonar todo rastro de energía y estilo se dejo caer pesadamente en un mullido sillón donde su conciencia feneció y calló victima del cansancio.

¡Clank! ¡Clank!

Una suave serie de golpecitos metalicos extraen a Charlotte de su mundo de fantasia…

Charlotte se incorpora luchando contra el estupor para buscar lentamente y a tientas el origen de tal sonido. Al llegar al otro lado de la sala, hecho una mirada a la puerta corrediza de cristal transparente que da hacia el pequeño balcón. Al hacer esto, abruptamente se detuvieron los golpes, como indicando que había acertado.

Al salir al balcón solo medianamente iluminado por la gibosa luna, se recargo en el muro lateral escudriñando el area, buscando la fuente de tal sonido.

Los minutos pasaban cual horas, hasta que Charlotte decidió volver a su mundo de sueño. Cuando ya se encontraba bajo el umbral de la puerta del balcón, una voz obscuramente familiar dijo:

-Olvidaste tu abrigo…

Sobresaltada, giró para encontrar ante ella una obscura silueta en cunclillas sobre el pequeño muro frontal, con un largo abrigo negro extendido en una mano.

Charlotte, en una mezcla de sobresalto, ira y emoción, arrancó el abrigo de su mano diciendo:

-¿Quién te crees para venir a mi casa sin permiso y en medio de la noche?

-Soy quien te pide disculpas por el burdo comportamiento de Goliath y soy aquel que te dejó plantada.

No se estaba disculpando, sino que lo decía distraídamente mientras sacudia el polvo de su lustrosa gabardina de cuero negro para posteriormente incorporarse a escasos centímetros de Charlotte quien, una vez mas, impactada por este hombre y olvidando su pasajera ira se dio cuenta de que era apenas un par de centímetros mas alto que ella. “Debe medir 1.75 o 1.80” Pensó mientras trataba de acrecentar la distancia entre ambos pese al ferreo deseo de su cuerpo por no moverse un apice.

-Sal de tu casa, voy a mostrarte algo.

Fue una orden, o al menos eso pensaba Charlotte dándose cuenta para su desgracia de que ya la obedecía sin pensarlo. Encontrandose ya fuera de su casa, vio la silueta de su guardian o dueño, esperándola unos pasos adelante, mas el no entró la casa en ningún momento.

-¿Cómo llegaste hasta aqui? El balcón esta en el tercer piso. –Inquirió Charlotte dubitativa al observar la comodidad en la que se encontraba tras lo que solo podía elucubrar como una caída libre de 3 pisos.

-Solo fue necesario bajar, vamos ya. –Tan fugaz respuesta solo le dio a entender a Charlotte que su pregunta no seria realmente respondida y que no serviría de nada gastar saliva insistiendo.

-¿A dónde me llevas? –No es como si realmente le preocupara, sabía que todo iba a estar bien. “O al menos no empeoraría la situación” -Pensó a su pesar con una sarcástica risa entre dientes.

Caminaba como las sombras, sin emitir el mas minimo sonido, como un fantasma, como la mismísima Parca en plena jornada laboral. La llevo a un callejón obscuro, donde hizo que se subiera a un imponente automotor tan obscuro como el callejón, pero de un modelo reciente y elegante.

El viaje transcurre en silencio salvo por el viento que tronaba debido a la imponente velocidad que llevaba, alejándose del uniforme pavimento para desembocar como un furioso ente acuoso en el impasible océano, en un sendero rural que se tornaba siniestro y agreste mientras subia una elevación hasta un punto muerto.

Llegando a este punto como el suspiro de una bestia antes de descanzar, se apaga el motor del vehiculo, el desciende fugazmente y antes de que Charlotte mueva un musculo, ya le ha abierto la puerta y tendido la mano en un caballeroso gesto que ella acepta intimidada ante tan intrigante presencia.

Charlotte es guiada de principio por un sinuoso camino plagado de madera muerta, hojas vapuleadas por el cruel tiempo y algo q sonaba como a huesos de roedores, o tal vez algo mas grande. Prontamente este camino se vio evaporado y Charlotte se vio en la necesidad de asirse firmemente a la mano de su guía para no lastimarse, o peor, lucir mal ante este hombre.

Finalmente tras una hora de arduo caminar, llegaron a un claro situado en la cumbre de esta elevación, ahí se encontraba ya establecido por la mano del hombre (y Charlotte puede imaginar de que hombre) un comodo banco de madera reluciente y una estructura que insinuaba un futuro y acogedor fuego.

-¿Que es este lugar? ¿Quién eres realmente? ¿Por qué estamos aqui? –Un continuo torrente de preguntas emanaba de Charlotte sin control alguno hasta que este hombre de aire relajado y lúgubre, como el fantasma de algún poeta, le respondió a la vez que sentándose en la banca hacia un gesto con la mano para que ella se sentara a su lado:

-¿Por qué la necesidad de preguntar? Mira hacia arriba…

Con la cabeza señalaba hacia el cielo, donde mas de una de las preguntas de esta inocente y bella mujer fue respondida al ver una colosal y radiante luna llena teñida de un palido color escarlata.

-Aquí vengo cuando me aburro de ver a los humanos arrastrándose sobre sus vientres, es mi area de descanzo y mi lugar mas valioso.

Pese al intenso deseo de preguntar un centenar de nuevos cuestionamientos Charlotte logró reunir la concentración necesaria para preguntar aquello que daba vueltas en su dulce mente:

-Aquel dia, ¿Por qué me detuviste? ¿Por qué evitaste q muriera? ¿Quién eres?

-¿No acaso el revelar mi identidad disolvería la pasión? –Divagó henchido de orgullo, revelando el brillo metalico de cierta arma en su costado derecho.

-Tu mirada esta llena de interés, acaso te estas preguntando la razón de que lleve el arma que lancé al mar aquel dia?

No había cabida para mentiras, mascaras o ilusiones, la falsedad no era una opción pues Charlotte únicamente era (o asi se sentía) la presa con la que este ser jugaba antes de devorar.

-Sientate.

Esta orden la dio, ya sentado en aquel banco, con el pie izquierdo en la rodilla, los brazos extendidos a lo largo del banco y la cabeza inclinada hacia arriba contemplando la luna, dejando su larga cabellera caer por detrás.
Charlotte impresionada por su comodo desinteres y majestuosa seguridad en que no tardaría en obedecer, una vez mas se vio sometida a su voz y se encontró sentada a una a decir verdad intimidantemente pequeña distancia de él.

-¿Qué clase de hombre eres?

-Soy un artista… -Una sombra de ironia cruza la fugaz sonrisa que esboza este individuo.

-¿Un artista? Ya veo. ¿Sabes? Antes de continuar, necesito una manera de llamarte, se que no me daras tu nombre, pero algo, lo que sea… -Avergonzada Charlotte calla al darse cuenta de que, de hecho, estaba rogando, mas ella sabia que no rogaba por un mote, sino por su identidad, por conocerlo.

Sin prisa alguna por responder, saca una pequeña caja negra que Charlotte observa con una desmedida curiosidad, para darse cuenta con cierta decepcion de que es una cigarrera. Al encender su cigarro, guarda la cigarrera, mas, el fosforo aun flamígero, es lanzado hacia enfrente, dando a luz a una poderosa llama limitada solo por tierra y piedras.

Con el cigarro en la boca y expeliendo constantes masas de humo que Charlotte identifico, gracias a un abuelo fumador, como tabaco de Nueva Orleans, comenzó a hablar:

-He sido muchos, pero no te voy a aburrir con mis historias –Soltó una gran bocanada de humo- llamame simplemente Legion.

Charlotte, anonadada, solo asintió con la cabeza. Sentia una firme devoción hacia el hombre autonombrado Legion, mas, realmente no conocía nada sobre el.

Desde ese punto un silencio sepulcral se apoderó de la escena, Legion sin dejar de alabar la luna con la mirada y consumiendo cigarro tras cigarro, jugueteaba una vez mas con los largos cabellos de Charlotte, rizando un mechon, para luego soltarlo y hacer lo mismo con el siguiente, soltaba risitas de vez en cuando, risitas que en vez de alentar a sonreir, le causaban escalofríos a Charlotte, intimidándola aun mas. Ella se dedicaba a mirar cada milímetro de este ser y sin saber que hacer o decir, opto por la pasividad.

-Levantate. –Dijo finalmente, mas esta vez no esperó a que obedeciera si no que de un tiron la volvió a sus pies, los cuales debido a la falta de movimiento reciente, estaban un poco adormecidos y por tanto, temblaron un poco ante el súbito movimiento. La llevo casi arrastrando hasta el auto, del lado del conductor.

-Conduce. -Charlotte confundida por el cambio en el ambiente, entro al auto para darse cuenta de que Legion ya estaba dentro.

-Pero... no se regresar.

Estas ultimas palabras fueron casi ahogadas por el estrepito de una de las ventanas al verse reducida a añicos a causa de una gran roca. Charlotte grita mientras acelera con desesperacion y rogando por no estrellarse, casi cegada por el miedo.

-Izquierda, derecha, otra derecha, izquierda en el pozo y sigues derecho.

Dicho esto y ante la aterrorizada mirada de Charlotte, Legion salta fuera del auto y cae rodando de una manera aparentemente muy dolorosa, ella lo observa levantarse y de reojo vislumbra a un hombre inmenso y armado con lo que parece ser un gran mazo para concreto, pero se vi obligada a volver la vista al camino tras escuchar el crujido sordo y caracteristico de un retrovisor al ser arrancado del auto por un golpe.

Sombras en el agua

22 de Noviembre 11:45 horas

Un faro parpadea en la lejanía, de igual manera que un corazón palpitante da vida al cuerpo, provee de existencia a una callejuela de aspecto sepulcral y olvidado. Aceras de cuarteado concreto, solitarias, un aire malévolo era tangible, previniendo a los locos y condenados acerca de la presencia del dolor en este vacio, donde el tiempo no existe y la realidad es un mito imposible de creer. Desértico, carecía d toda señal de vida, excepto tal vez, el crujir y el suave movimiento de las pocas hojas secas danzando impasibles en el terrible viento, victimas de un otoño tardío y un invierno inmisericorde.

El faro se apaga, obscuridad. El faro se enciende, una lluvia ligera coquetea con el concreto grisáceo de igual manera que un secreto acaricia el oído que lo conoce. El faro se apaga, obscuridad. El faro se enciende, una silueta apenas discernible se muestra avanzando con pasos lentos, no temerosos, más bien tranquilos, indiferentes a la tormenta que se cierne sobre ellos.
Al alcanzar el ángulo adecuado, la luz palpitante revela un rostro femenino, barnizado con oro blanco por los ángeles, solo era ultrajado tan perfecto rostro por delgadas líneas, huellas de las lágrimas que no dejan de fluir. Una gabardina de rojo terciopelo cubría su cuerpo y la protegía de la lluvia mientras con paso tambaleante cruzaba el umbral de luz sin el más mínimo cambio de expresión en el rostro.

Siguió ella caminando entre sombras impenetrables hasta no poder mas y caer rendida sobre un oxidado asiento que da de frente a la costa. El mar se agita, cambiando paz por violencia, turbando su propia existencia.

El metal frio es imperceptible para ella, su cuerpo esta tan frio y húmedo que se niega a percibir cualquier cambio en la temperatura y en el mismo ambiente.

Mirando su regazo sin siquiera verlo, las lagrimas emprendieron carrera desde sus ojos, hasta perderse en sus labios y confundiéndose con el diluvio que se niega a amainar, solo resultan distinguibles por el inconfundible sabor salado que poseen.

-Nunca mas, no se repetirá, no pasara de nuevo, es el fin. –Diciendo esto entre lamentos y lágrimas, comenzó a reír de forma maniática. Lagrimas y risas retorcidas llenaban su mente hasta el punto en el que, lentamente, saco de entre los pliegues internos de la gabardina, una pistola negra y lisa y tras una ultima risa apunto directamente hacia su cabeza cubierta con un manto del cabello dorado, del lado izquierdo, con el índice tembloroso pero decidido en el gatillo.

-No deberías jugar con eso…

De su suave mano es arrebatada rápidamente el arma. El hombre que hizo esto, procedió a recostarse en el asiento, depositando la cabeza sobre las rodillas de esta mujer quien, confundida como estaba, se limito a mirar los ojos del hombre que ahora empuñaba su arma.

-¿Acaso deseas morir? –Dijo él, con un intenso sarcasmo impregnado en cada palabra, mientras jugueteaba con el arma, le daba vueltas y la lanzaba al aire para atraparla sin levantar la cabeza de las cómodas piernas de esta mujer. Al momento de atraparla, la puso en la frente de la triste mujer aun confundida.

-¡Bang! No es tan fácil ¿Sabes? No huyas así, ataca la fuente de tus problemas, no sucumbas ante ellos. –Dicho esto lanzó el arma al mar, donde ambos la observaron hundirse.

Sus miradas se cruzaban una y otra vez, él mantiene una sonrisa tan diabólica como dulce. Durante unos minutos que se extendieron durante eones, el único ruido era la respiración de él, el palpitar desesperanzado de ella y la lluvia que con cada minuto amainaba.
Esta corta eternidad fue interrumpida por un ligero sollozo. Ella vuelve a llorar, derramando lagrimas de confortante tibieza sobre el rostro ahora serio, analizando la situación derramada sobre el.

Se levantó suavemente, sintiendo en el rostro la suave caricia del velo de oro que era su cabello, se posó sobre el asiento, para sentarse en el respaldo y murmurar en su oído:

-Soy el hombre que no te dejará morir. ¿Tu nombre es…?

Tal declaración estremeció a esta perturbada mujer por mucho, mas que la lluvia que ya mostraba señas de desvanecerse y se decidió a hablar con una voz suave y sorprendentemente decidida:

-Mi nombre no es importante…

-Nunca lo es… ¿Quién eres? –Ella no entiende porque este hombre misterioso se interesa en ella, no entiende porque la salvó de si misma ni porque dice que no la dejara morir, “¿Acaso se quedara conmigo?” se pregunta anhelante y a la vez preocupada pues la respuesta puede ser negativa, no soportaría la traición, no soportaría el dolor, no soportaría la soledad, no de nuevo.

-Charlotte. Llámame Charlotte.

-Magnifico nombre, digno de ser salvado de si mismo. ¿Sabes? No deberías buscar morir. Mira a tu alrededor, todo es gris, todo es vano y vulgar, todo esta muerto. Si muerte es lo que deseas solo mira en donde estas, solo hay cadáveres rondando, esqueletos vendiendo fruta y contando dinero que jamás tendrán. Si lo que realmente deseas es escapar de todo esto, vive. La vida es la única salida para ti.

Este hombre hablaba con tal elocuencia que Charlotte no tuvo más opción que sucumbir ante sus palabras. Sus palabras mostraban a un hombre triste pero poderoso, un hombre que había visto el mundo y su maldad, un hombre que había mirado al diablo a los ojos y regresado con esa maldad en las venas y en cada pensamiento tan inteligente como lúgubre.

-Hablas como si conocieras el dolor, pero ¿Cómo alguien que hable así podría conocer el dolor? Tus palabras tiene sentido para mi pero tu no pareces ser real. –Charlotte se mostraba ahora embelesada con el hombre que ahora jugaba despreocupadamente tomando el cabello de Charlotte con dos dedos y acariciándolo, para luego soltarlo y tomar otro mechón para hacer lo mismo. No podía quitar la vista de él, era tan enigmático, tan obscuro, pero a la vez aparentaba una inocencia inequiparable.

En algún momento, tras un largo silencio él soltó el cabello de Charlotte mientras decía en un tono más serio y bajo que antes:

-¡Vaya! Ya dejo de llover, deberías dormir. Yo me iré, pero no estaré lejos. –Dicho esto, dio la espalda al mar y a Charlotte e inicio lo que parecía ser una larga caminata hacia el horizonte.
Charlotte lo observó caminar por un par de segundos y como un relámpago, fue asaltada por una duda:

-¡No oí tu nombre!
Sin darse la vuelta o detenerse, este hombre respondió con voz imponente:

-No lo dije…

Y con esas tres palabras, cada una tan atractiva como brusca, Charlotte observó el camino en el que esta persona desaparecía, hasta el momento en el que se volvió solo un recuerdo, solo una vaga memoria que salvó su vida y le mostró una mota de luz en el horizonte…

Reencuentro

Como un grito desgarrando la noche de lamentos, una luz perfora las sombras…

Una vieja estación de trenes, tan vieja como los mismos trenes, llena de letreros antaño radiantes de luz y de vida, ahora ilegibles a causa del implacable transcurso de los años, asientos de madera sucia y carcomida por eternas generaciones de roedores y tal vez algo mas desagradable aun, las losetas del suelo, antiguamente de un alegre color beige, ahora yacen desoladas, rotas y polvorientas, destruidas por el paso inmoral de varias décadas de hombres sin compasión en el corazón, un faro parcialmente destruido, devastado por los ominosos años de soledad ahora transcurridos, de repente, como un ultimo aliento de vida, dio alerta a un solitario hombre de raída gabardina, un hombre de esencia tan desvencijada y maltrecha como la propia estación, dio alerta de la llegada de un tren, un tren muy importante, el ultimo tren.

Al detenerse y abrir las puertas en algún momento de color naranja, esta dramatis personae entró como un suspiro al tren, casi ingrávido, sin el mas mínimo revuelo de su gabardina obscura, como si no existiera. En el ultimo asiento destartalado y corroído, en el ultimo sucio y chirriante vagón, se encontraba lo que este hombre buscaba, una pequeña hoja de papel blanco, con el escudo de armas de cierta familia y sellado con el botón semiflorecido de una minúscula rosa negra, un mensaje que ejercería tan terrible influencia en esta persona, que todo su mundo cambiaría una vez mas.

2 años después

31 de Diciembre 23:58 horas.

Una habitación obscura, en total penumbra, clamando el suspiro del sepulcro, el polvo durante años acumulado, ahora se arremolinaba y huía del futuro inmediato, un candelabro colgaba del techo, balanceándose y chirriando en un vano deseo d escapar de sus ataduras, un austero fuego aun crepitaba a un lado de la habitación, todavía con restos de lo que parecía ser un conejo o tal vez un brazo humano, un hombre despierto y consciente. Inmóvil. Daba la imagen de ser una figura de cera mientras esperaba paciente, mirando fijamente el marco de una puerta entrecerrada, un marco de luz pura y blanca se burlaba de sus ojos muertos. Pasos se acercaban lentamente, tacones altos. Ahora, justo ahora recuerdo su tacto, su aroma y su último mensaje cargado de la ponzoña de sus labios.

“Al empezar el nuevo ciclo me veréis de nuevo, ruego porque estés listo. Te he extrañado, añoro tu rostro iracundo, añoro tu deseo de matarme. Al inicio del nuevo ciclo, en el punto donde te maté la primera vez.

O. R.”

Eso decía su nota. Ya es casi la hora de su llegada, estoy curiosamente ansioso, tal vez emocionado. Ofelia… Ese nombre me trae recuerdos, recuerdos que tal vez no debería disfrutar. Aquello ocurrió hace exactamente dos años, hace dos largos, hace dos cortos años que sucedió tal cosa, aun no lo logro olvidar aunque ya no guarda relación conmigo. Vaya con su sentido del humor…

23:59 con 56… 57… 58… 59…

-Bienvenida seas. Casi llegas tarde.

Nada ha cambiado en esa persona. Una silueta perfecta. Piernas de mármol, perfectamente torneadas, frías como su corazón. La cadera de equilibradas proporciones, estilizadas por la mismísima Afrodita a su imagen y semejanza. Un par de manos de diamante puro, sublimes, insensibles al tacto de los mortales, retozando en el mango de dos armas de alto calibre, armas que yo mismo le di. Un botón de Alcatraz su cuello es. Puro y terso, suave y dulce. Labios negros, como pétalos de jazmín corrompidos por el odio. Ojos del azul de la muerte, ojos vacios, una puerta a su alma, un alma del más frio de los hielos. Clara y lisa, deseable pero inobtenible, capaz de ser vista por los ojos de la mente mas sin embargo inaccesible a los ojos del amor. Coronada esta magnifica creación se encontraba por una larga mata de cabello de ébano negro, negro e impenetrable como ella misma.

Eso era ella, una belleza inalcanzable. Un deseo que no se realizará, una llama en una fútil lucha por no extinguirse, el eterno deseo mortal de no perecer. Ofelia Richmond… Eso era ella.

-Siempre has tenido esa costumbre… ¿Cuánto tiempo llevas aquí; días cierto? –Que dulce es su voz, fría e imponente, seductora y maligna, atractiva como una herida sanguinolenta. Mi cuerpo se excita ante tan magnifica voz.

-Solo un par, tres tal vez ¿es realmente importante acaso? –dije cubriendo la excitación en mi voz, estaba emocionado, deseoso.

- Así que… ¿Cómo te ha ido? –Pregunté con una sonrisa que no se reflejaba en mis ojos. –Ya no te resultan pesadas esas armas… Me alegra. Te quedan bien. Luces despampanante.

Con un movimiento rápido y tan elegante que hacia creer que el tiempo se detenía, desenfundo las pistolas de pesado aspecto que alguna vez le obsequié.
En la mano derecha agarraba con dulzura y firmeza a Cassandra, una Beretta 92FS escarlata, teñida según se ha dicho en lo que queda del bajo mundo, con la sangre de mil inocentes que al rendirse a su belleza, fueron fríamente ejecutados por ella. En la izquierda tenia a mi favorita: Alice. Una Desert Eagle color blanco perlado por completo, excepto por el mango forrado con la piel de la primera persona que maté. Siempre le gustó el mango de Alice, solía pasar horas con una mano retozando en el mango, acariciándolo con un solo dedo, mientras con la otra me tomaba del cabello al besarme.

-Cassandra. Alice. Cuanto tiempo… se ven excelentes, me alegra ver que las tres siguen tan hermosas como siempre. –Dije aun excitado por la imagen frente a mí.

-Oh, perdona si te interrumpo pero comprenderás que me siento un poco celosa si les prestas más atención que a mí, me gusta ser el centro de atención, tú sabes.

Ella reía.

En mi vida no he oído ni volveré a oír una risa ni mas bella ni mas maligna como la suya. Es una risa dulce y fría como el veneno, la caricia del escorpión, el beso de la mamba negra, eso era su risa, el seductor veneno que tantas victimas ha cobrado.

No caigas ante su risa, no cedas a su encanto celestial –Me decía y me repetía en la cabeza- Si cedes estarás peor que muerto.

-¿Qué sucede? ¿No me harás caso? Que malo. Supongo que escucharas mejor a Cassandra ¿No? Entonces saludala.

Sin perder la gracia o su maravillosa postura, Cassandra me saludó. Un beso ardiente, apasionado y doloroso. Cassandra me saludó. No grito, no hay dolor real, solo siento los labios de fuego de mi querida Cassandra y el olor de mi piel, chamuscada en un agujero pequeño, sin embargo, grande para un arma de ese calibre, en mi antebrazo derecho.

-Ah! Cassie. Tan apasionada como siempre… -Dije al tiempo que levantaba la mirada lentamente, mientras un liquido rojo y espeso rodaba por mi brazo.
-¿Qué hay de ti Ofelia; no me darás in besito?

-Siempre tan directo, ¿Ya no recuerdas como cortejar a una dama? –Me dijo ella, siguiendo mi juego. –Bueno, siendo así, Cassandra te recordara como hacerlo…

Habiendo dicho esto, Cassandra disparaba besos de plomo y fuego a gran velocidad, evitarlos era una proeza de la que a medias era capaz. 3 besos, 3 balas, 3 agujeros en mi cuerpo, ya había terminado el tiempo de jugar.

-Al fin tus ojos cambiaron… -Dijo esto con una peculiar mezcla de emoción miedo y lujuria. Afrodita seduciendo a Hades, Pandora abriendo la caja, eso era Ofelia.

Metí la mano en mi gabardina mientras aun evadía sus besos de muerte, buscando, palpando en busca de mi único y mi más fiel amigo: Berial. Una Wather GSP teñida del negro del abismo, el tetragrammaton marcado con mi propia sangre en el mango y grabados, se encontraban los nombres de aquellos que han perecido bajo su yugo.

Una y otra vez Berial rugía amenazante. Rugidos de ira que desesperados buscaban a Ofelia.
No era una pelea, era un reencuentro, volvía a ver a un fantasma de mis memorias y clamaba por mi sangre, pero no iba a dársela, no iba a rendirme ante mi pasado.

Un impacto, un movimiento repentino, una onda en la superficie del mar. Como el mejor artista al fallar, un dios errando, un golpe del cincel, una grieta profanando con su existencia el más bello mármol. Cae lentamente, un velo de seda, danzando en una brisa otoñal ella es.

El juego ha terminado, ya nos hemos reencontrado, dos almas vagabundas, perdidas en el abismo de los mortales, al fin reunidas, un evento fortuito nos separó y una causa del azar nos trajo a un final. Dulce agonía nebulosa, atrayéndome al calabozo de tu mirada, ahora soy libre.

La recojo, moribunda, entre mis brazos. Ya no hay pelea, ya no hay vacio, sus manos, suaves en mi rostro parecen anhelar mi compañía, un par de minutos mas, solo unos minutos, escucho su corazón luchando por continuar, peleando una batalla que sabe que no ganara, febril es su respiración y mas suave se vuelve con cada segundo que pasa.
Sus ojos entrecerrados me observan, el azul de la muerte en una celda de pestañas, me ruega una salida.

-Lo siento. –Murmura ella suavemente, casi anhelando no ser escuchada.

Un suave chasquido metálico, un suspiro de Alice, ella exhala antes de gritar. Lo conozco bien. Siento el atenazante frio del cañón, besándome con labios de hielo en la sien.

Un disparo….